De a dos, de a tres,
de a muchos..
de vez en cuando...
Y salir a la calle..
a jugar.
Y saludarte:
darte un beso,
mostrarte mi rostro imperfecto.
Y mostrarte la vida:
abrazarte,
darte calor,
hacerte reír.
Quisiera que sepas
que mis zapatos,
acá nadie los usa.
Pero si los miraras al sol... verías
que hacen florecer los adoquines;
de a dos, de a tres,
de a muchos...
Luna Seta
lunes, 26 de diciembre de 2011
martes, 15 de noviembre de 2011
El viaje
Martín tiene 80 años y vive alejado de la civilización, al final del mundo, en un lugar que ningún otro hombre conoció todavía.
Se fue un día cuando no dio más; cuando en el conglomerado de una ciudad modernizada, automatizada y "que nunca quiere llegar tarde", un auto embistió a la mujer que amaba, quitándole la vida. Entonces Martín, destrozado de dolor, fue a su casa y metió en su mochila todo lo que se quería llevar. No fue fácil meter en esa mochila las risas, el nombre del niño que hubieran querido tener, los besos encendidos de una boca que ahora reposaba fría, la tarde en que logró alcanzarla en la calle para declararle su amor, la primera vez que ella le sonrió, las noches de frío en las que unas manos tibias alcanzaban para que los corazones no dejaran de arder. Esas son las cosas que quería meter, además de algunas cosas para su subsistencia física. Se fue sin mirar para atrás y juró no volver. Viajó durante años; nadie sabe cuántos, él tampoco; hasta que, cuando ya había perdido la esperanza de encontrar un lugar en el mundo que pudiera ser para él, cuando lo único que quería era una pastilla de cianuro que lo ayude a dejar de existir, cuando creyó morir de tristeza algunas noches frías que pasó en la calle, comiendo lo que mendigaba, un buen hombre se ofreció para llevarlo en su camión a algún lugar. El hombre hablaba un idioma desconocido, y Martín todavía cree que no era humano. Lo llevó a un lugar donde pudo bañarse, cambiarse, comer todo lo que quiso, y después lo llevó por unas rutas largas, hasta que se terminó el espectro de vida que contamina todos los caminos, y ahí lo dejó, lejos de los hombres, rodeado de árboles, pájaros, olor a flores...
Martín se sentía como Adán en el jardín de Edén. Pronto supo lo que tenía que hacer para poder vivir allí. Fue como dejar a un niño en un lugar donde sólo está él. Todo lo sorprendía, todo le daba ideas, y de a poco se empezó a sentir vivo otra vez. Y sin darse cuenta, volvió a sonreír; tal vez se olvidó de hablar, pero en ese lugar, estando solo, por primera vez en su vida supo hacer las cosas sin depender de nadie más. Sus manos, sus pies, sus ojos, cada parte de su ser lo llevaba a descubrir cosas nuevas. Construyó una casita entre un sauce y un abedul. Una casita de cipreces, quebrachos, adobe. Descubrió que si raspaba dos piedras entre sí podía encender fuego, que dos palos cruzados frente al viento transforman el aire en energía, que bajo la tierra hay agua, que de la tierra brotan cosas que se pueden comer, y que un pedazo de madera puede transformarse en un mueble, o en una pipa. Que algunas cosas, funcionan y reaccionan expuestas a la energía del sol, que el ruido y el movimiento dependen de él.
Supo también que podía hablar en secreto hacia algo en lo que había dejado de creer; lo hizo bajo un atardecer naranja, bajo un árbol que en primavera dá flores naranjas, y su voz, al orar, sonó como de naranja. Y por primera vez en su vida sintió que algo invisible lo abrazaba abrasándolo; sólo estaba el allí, pero ese abrazo de voces secretas y claras le contó cosas que hacía mucho había querido saber.. Lo supo a los 79 años. Hoy tiene 80 y no volvió, pero sabe, así como sabe que el sol sale a la mañana, que la va a volver a ver. Y piensa en ella mientras escribe con los pies (porque las manos se cansan más rápido) en una máquina de escribir que él mismo construyó, una historia de amor.
Luna Seta
Se fue un día cuando no dio más; cuando en el conglomerado de una ciudad modernizada, automatizada y "que nunca quiere llegar tarde", un auto embistió a la mujer que amaba, quitándole la vida. Entonces Martín, destrozado de dolor, fue a su casa y metió en su mochila todo lo que se quería llevar. No fue fácil meter en esa mochila las risas, el nombre del niño que hubieran querido tener, los besos encendidos de una boca que ahora reposaba fría, la tarde en que logró alcanzarla en la calle para declararle su amor, la primera vez que ella le sonrió, las noches de frío en las que unas manos tibias alcanzaban para que los corazones no dejaran de arder. Esas son las cosas que quería meter, además de algunas cosas para su subsistencia física. Se fue sin mirar para atrás y juró no volver. Viajó durante años; nadie sabe cuántos, él tampoco; hasta que, cuando ya había perdido la esperanza de encontrar un lugar en el mundo que pudiera ser para él, cuando lo único que quería era una pastilla de cianuro que lo ayude a dejar de existir, cuando creyó morir de tristeza algunas noches frías que pasó en la calle, comiendo lo que mendigaba, un buen hombre se ofreció para llevarlo en su camión a algún lugar. El hombre hablaba un idioma desconocido, y Martín todavía cree que no era humano. Lo llevó a un lugar donde pudo bañarse, cambiarse, comer todo lo que quiso, y después lo llevó por unas rutas largas, hasta que se terminó el espectro de vida que contamina todos los caminos, y ahí lo dejó, lejos de los hombres, rodeado de árboles, pájaros, olor a flores...
Martín se sentía como Adán en el jardín de Edén. Pronto supo lo que tenía que hacer para poder vivir allí. Fue como dejar a un niño en un lugar donde sólo está él. Todo lo sorprendía, todo le daba ideas, y de a poco se empezó a sentir vivo otra vez. Y sin darse cuenta, volvió a sonreír; tal vez se olvidó de hablar, pero en ese lugar, estando solo, por primera vez en su vida supo hacer las cosas sin depender de nadie más. Sus manos, sus pies, sus ojos, cada parte de su ser lo llevaba a descubrir cosas nuevas. Construyó una casita entre un sauce y un abedul. Una casita de cipreces, quebrachos, adobe. Descubrió que si raspaba dos piedras entre sí podía encender fuego, que dos palos cruzados frente al viento transforman el aire en energía, que bajo la tierra hay agua, que de la tierra brotan cosas que se pueden comer, y que un pedazo de madera puede transformarse en un mueble, o en una pipa. Que algunas cosas, funcionan y reaccionan expuestas a la energía del sol, que el ruido y el movimiento dependen de él.
Supo también que podía hablar en secreto hacia algo en lo que había dejado de creer; lo hizo bajo un atardecer naranja, bajo un árbol que en primavera dá flores naranjas, y su voz, al orar, sonó como de naranja. Y por primera vez en su vida sintió que algo invisible lo abrazaba abrasándolo; sólo estaba el allí, pero ese abrazo de voces secretas y claras le contó cosas que hacía mucho había querido saber.. Lo supo a los 79 años. Hoy tiene 80 y no volvió, pero sabe, así como sabe que el sol sale a la mañana, que la va a volver a ver. Y piensa en ella mientras escribe con los pies (porque las manos se cansan más rápido) en una máquina de escribir que él mismo construyó, una historia de amor.
Luna Seta
viernes, 7 de octubre de 2011
La mala palabra.
En la calle ni se miran.
Como una fotografía
del desarraigo.
Dan vueltas...
Algunos,
pecaminosamente,
saltan la valla;
y se pierden...
Dueños de guerras;
de imperios corruptos.
Todos dictadores.
Todos negociantes.
Todos publicistas.
Todos bromistas
¿Por qué comemos al mediodía?
¿Por qué dormimos de noche?
Eso me decías,
mientras me contabas
que ya no podías reír.
Luna Seta
Como una fotografía
del desarraigo.
Dan vueltas...
Algunos,
pecaminosamente,
saltan la valla;
y se pierden...
Dueños de guerras;
de imperios corruptos.
Todos dictadores.
Todos negociantes.
Todos publicistas.
Todos bromistas
¿Por qué comemos al mediodía?
¿Por qué dormimos de noche?
Eso me decías,
mientras me contabas
que ya no podías reír.
Luna Seta
lunes, 3 de octubre de 2011
La voz del sueño.
Acostada, miro mis manos, antes de poder dormir;
se tambalean suaves y libres en la oscuridad.
Imagino tus manos entre las mías:
tus manos de pintor, músico, escultor...
Y te pienso: poeta a mi medida.
Me imagino morir en tus brazos.
Muerte soleada y cosquilluda;
hay una sonrisa en mis labios,
un beso inacabado y llorón.
Y aunque no puedo ver tu cara,
mis manos ya pintaron tu mueca preferida.
Un sin nombre: mi sueño siempre fuiste vos.
Hace muchas eternidades que te vengo soñando.
Quiero llorar y reír en el abismo de tu locura y la mía.
Mis pies, quieren que tus pies, los lleven a pasear en la lluvia.
Creo que me va a gustar caminar con vos.
Y que de tu boca emanes palabras de veneno y margaritas.
Luna Seta
se tambalean suaves y libres en la oscuridad.
Imagino tus manos entre las mías:
tus manos de pintor, músico, escultor...
Y te pienso: poeta a mi medida.
Me imagino morir en tus brazos.
Muerte soleada y cosquilluda;
hay una sonrisa en mis labios,
un beso inacabado y llorón.
Y aunque no puedo ver tu cara,
mis manos ya pintaron tu mueca preferida.
Un sin nombre: mi sueño siempre fuiste vos.
Hace muchas eternidades que te vengo soñando.
Quiero llorar y reír en el abismo de tu locura y la mía.
Mis pies, quieren que tus pies, los lleven a pasear en la lluvia.
Creo que me va a gustar caminar con vos.
Y que de tu boca emanes palabras de veneno y margaritas.
Luna Seta
domingo, 31 de julio de 2011
Sentir frío
Tus manos frías tomaban carbón;
y en esa pared helada y blanca,
a partir del vacío y de la nada,
garabateaban...
Tus pies descalzos,
sobre un piso de baldozas rotas,
rotas y rojas,
bailaban el silencio,
querían correr.
Respirabas..
y tu aliento helado cantaba una canción,
una canción que ya nadie recuerda más.
Es como tararear sonriendo,
es tararear comiendo dulce de leche.
A cucharadas.
Luna Seta
y en esa pared helada y blanca,
a partir del vacío y de la nada,
garabateaban...
Tus pies descalzos,
sobre un piso de baldozas rotas,
rotas y rojas,
bailaban el silencio,
querían correr.
Respirabas..
y tu aliento helado cantaba una canción,
una canción que ya nadie recuerda más.
Es como tararear sonriendo,
es tararear comiendo dulce de leche.
A cucharadas.
Luna Seta
miércoles, 27 de abril de 2011
El cuerpo susurra...
El cuerpo susurra.
Y en su luna de placer,
los astros se atraen entre sí.
¡Ondas mágicas mareando el cielo!
Figuras que vuelan... como en un vals:
fingiendo que se pertenecen.
Ojos ciegos aislados en la profundidad.
Mentes enfermas que inventan el amor.
Suele haber miedo en sus voces.
Y a través de los sentidos,
algo nuevo respira.
En medio de la inmensidad,
un sueño es creado:
Una nueva especie.
Algo qué amar.
Luna Seta
Y en su luna de placer,
los astros se atraen entre sí.
¡Ondas mágicas mareando el cielo!
Figuras que vuelan... como en un vals:
fingiendo que se pertenecen.
Ojos ciegos aislados en la profundidad.
Mentes enfermas que inventan el amor.
Suele haber miedo en sus voces.
Y a través de los sentidos,
algo nuevo respira.
En medio de la inmensidad,
un sueño es creado:
Una nueva especie.
Algo qué amar.
Luna Seta
viernes, 25 de marzo de 2011
Partir.
La música entregaba sus acordes dulces; dulce como la mermelada de los panes que nadie comió esa mañana. La casa parecía vacía, porque toda la emoción de lo que vendría ya estaba lejos de ahí. Ella llenaba sus valijas al ritmo de la música, y sus pies también bailaban inevitablemente al compás. Y en sus ojos, estaba el brillo enaltecido de la inocencia con que se mira al futuro, esperándolo todo.
Siempre, desde chiquita, desde sus primeros recuerdos, había creído que los panaderos y las pestañas iban a concederle deseos; porque volaban, volaban lejos, y un día le iban a traer lo que imaginaba, soñaba, anhelaba, pedía en secreto.
Todo, todo lo que había logrado amar, ahora se sintetizaba en este momento; toda su vida estaba puesta en esto: lo que siempre había soñado, y aún por miedo, ni siquiera había llegado a pedir, o soñar.
Guardaba todo, todo. Se quería llevar todo. Tantas cosas.
Descolgó un cuadro y sonrió al ver las frases de dolor adolescente escritas con birome en la pared. Todo ese dolor prematuro se había ido para siempre; se sentía tan segura, tan plena, que no creía posible que su corazón pudiera ser roto una vez más. Nunca.
Abrió todas las ventanas y el aire de los últimos días de una primavera que se va, le trajo el olor de las rosas. Sí, ese año había rosas en el jardín de su casa. En veinte años, era el primero que ella recordaba que no se las comían las hormigas. Saltó de felicidad una vez más. Reía estridentemente. Casi enloquecía de felicidad.
Abrió la puerta de su casa, esa casa que dejaba, que pronto quedaría atrás, y se asomó al sol. Miró fijo hacia el horizonte y vio pasar el tren. De repente, como se pasa un tren, sintió su vida pasar; todo lo que había pasado hasta ahora: todos sus miedos, sus inseguridades, sus sueños, sus heridas, sus torpezas, y todos sus logros, todo lo que había alcanzado. Siempre había necesitado tiempo, las cosas nunca le habían salido desde el primer intento; pero cuando lograba lo que venía buscando, daba saltos inesperados, era capaz de hacer cualquier cosa, y sorprendía a todos.
Se apoyó contra el marco de la puerta y lloró.
Justo en ese momento sintió algo volar difuminado por el sol: era un panadero, y una pestaña se desprendió de sus ojos húmedos. Ella rió, y supo que estaba lista.
Tomó su valija, apagó las luces, y se fue. Yo creo que se fue volando.
Siempre, desde chiquita, desde sus primeros recuerdos, había creído que los panaderos y las pestañas iban a concederle deseos; porque volaban, volaban lejos, y un día le iban a traer lo que imaginaba, soñaba, anhelaba, pedía en secreto.
Todo, todo lo que había logrado amar, ahora se sintetizaba en este momento; toda su vida estaba puesta en esto: lo que siempre había soñado, y aún por miedo, ni siquiera había llegado a pedir, o soñar.
Guardaba todo, todo. Se quería llevar todo. Tantas cosas.
Descolgó un cuadro y sonrió al ver las frases de dolor adolescente escritas con birome en la pared. Todo ese dolor prematuro se había ido para siempre; se sentía tan segura, tan plena, que no creía posible que su corazón pudiera ser roto una vez más. Nunca.
Abrió todas las ventanas y el aire de los últimos días de una primavera que se va, le trajo el olor de las rosas. Sí, ese año había rosas en el jardín de su casa. En veinte años, era el primero que ella recordaba que no se las comían las hormigas. Saltó de felicidad una vez más. Reía estridentemente. Casi enloquecía de felicidad.
Abrió la puerta de su casa, esa casa que dejaba, que pronto quedaría atrás, y se asomó al sol. Miró fijo hacia el horizonte y vio pasar el tren. De repente, como se pasa un tren, sintió su vida pasar; todo lo que había pasado hasta ahora: todos sus miedos, sus inseguridades, sus sueños, sus heridas, sus torpezas, y todos sus logros, todo lo que había alcanzado. Siempre había necesitado tiempo, las cosas nunca le habían salido desde el primer intento; pero cuando lograba lo que venía buscando, daba saltos inesperados, era capaz de hacer cualquier cosa, y sorprendía a todos.
Se apoyó contra el marco de la puerta y lloró.
Justo en ese momento sintió algo volar difuminado por el sol: era un panadero, y una pestaña se desprendió de sus ojos húmedos. Ella rió, y supo que estaba lista.
Tomó su valija, apagó las luces, y se fue. Yo creo que se fue volando.
martes, 22 de febrero de 2011
La cosa es que me abrazaste...
La cosa es que me abrazaste.
Y en ese abrazo dejé mis días,
dejé mis suspiros,
mis sueños,
dejé mi realidad.
Me abrazaste y te quedaste conmigo,
aún sin quererlo.
Sí, ahí me fui yo: en tu abrazo.
Y pierdo mis días, mis besos y deseos;
te pierdo a vos,
me pierdo yo...
Quisiera volver el tiempo y quitarte el abrazo;
sacarte tus sueños
y hacerlos míos.
Porque me abrazaste y te llevaste mi alma;
mi todo intacto,
todo de mí.
Hasta vos mismo te fuiste de mí,
en tu propio abrazo.
Y en ese abrazo dejé mis días,
dejé mis suspiros,
mis sueños,
dejé mi realidad.
Me abrazaste y te quedaste conmigo,
aún sin quererlo.
Sí, ahí me fui yo: en tu abrazo.
Y pierdo mis días, mis besos y deseos;
te pierdo a vos,
me pierdo yo...
Quisiera volver el tiempo y quitarte el abrazo;
sacarte tus sueños
y hacerlos míos.
Porque me abrazaste y te llevaste mi alma;
mi todo intacto,
todo de mí.
Hasta vos mismo te fuiste de mí,
en tu propio abrazo.
lunes, 20 de diciembre de 2010
Identidad
Como entre multitudes alborotadas y cuerpos que se empujan contagiándose,
gritándose la angustia de vivir en ese roce inevitable del tráfico humano de temprano por la mañana.
Como la soledad de una noche vacía.
Cerca del abismo, lejos de comprender que atravesar no es destruir, sino dar sentido: atravesás con la espada...
... y no te queda nada.
Las flores que no tuviste el valor de regalar, deshechas en tus manos...
Los besos que no supiste dar, desgastándote la piel.
Y no quedan palabras... todo se esfuma antes de tocarte.
Y los abrazos no redimen, no resignifican, ya no iluminan...
Aprendiste una postura, ensayaste una expresiòn.
Creiste saber de què tenias que hablar..
Diste la espalda sin saber por què.
Cubriste tu cara...
...y te perdiste. Y si quisieras volver,
¿Donde està el camino que te trajo hasta este lugar?
¿y los espejos? ¿Donde están para mostrarte, tarde por la noche, esto en lo que te convertiste?
A la noche, cuando todos se van a dormir, sobre todos las noches de calor...
El acné.
Las ojeras.
La coloradez.
Las cicatrices.
Las puntas florecidas.
Los pelos.
Todo está ahí para recordarte, mortal, quién sos.
Pero antes de partir.. dejame que te abrace y te mire a los ojos
antes de que te pongas otra vez tu disfraz preferido: ese que usás para presentarte en sociedad.
Luna Seta
gritándose la angustia de vivir en ese roce inevitable del tráfico humano de temprano por la mañana.
Como la soledad de una noche vacía.
Cerca del abismo, lejos de comprender que atravesar no es destruir, sino dar sentido: atravesás con la espada...
... y no te queda nada.
Las flores que no tuviste el valor de regalar, deshechas en tus manos...
Los besos que no supiste dar, desgastándote la piel.
Y no quedan palabras... todo se esfuma antes de tocarte.
Y los abrazos no redimen, no resignifican, ya no iluminan...
Aprendiste una postura, ensayaste una expresiòn.
Creiste saber de què tenias que hablar..
Diste la espalda sin saber por què.
Cubriste tu cara...
...y te perdiste. Y si quisieras volver,
¿Donde està el camino que te trajo hasta este lugar?
¿y los espejos? ¿Donde están para mostrarte, tarde por la noche, esto en lo que te convertiste?
A la noche, cuando todos se van a dormir, sobre todos las noches de calor...
El acné.
Las ojeras.
La coloradez.
Las cicatrices.
Las puntas florecidas.
Los pelos.
Todo está ahí para recordarte, mortal, quién sos.
Pero antes de partir.. dejame que te abrace y te mire a los ojos
antes de que te pongas otra vez tu disfraz preferido: ese que usás para presentarte en sociedad.
Luna Seta
domingo, 31 de octubre de 2010
Migraña
Hacía una hora que la alarma del despertador estaba sonando. Eso acentuaba las jaquecas, y bajo las frasadas, siempre acurrucada del lado izquierdo de la cama, ella esperaba que la pesadilla se acabe. Había pasado toda la madrugada intentando dormir, tal vez haya logrado dormir algo, tal vez no... ya no importaba. Era la primer noche que le tocaba dormir sola en esa cama, y aunque deseaba con todo su ser que esto fuera una maldita pesadilla provocada por los fuertes dolores de cabeza, sabía que él ya no estaba del lado derecho de la cama; intentaba acurrucarse contra su lado y tal vez lograr sentir su olor, su respiración, los fuertes latidos de su corazón, sus manos firmes; nada de eso estaba ahí para sostenerla a la vida. Y en la oscuridad de la habitación centelleaba la alianza en su mano izquierda... y en su cabeza adolorida retumbaban como fuertes golpes punzantes las heridas del amor.
Ni la música le habría calmado el dolor. Cada segundo en esa habitación la hacía sentirse sola en un desierto de lágrimas de sal; si al menos existiera la esperanza de volverlo a ver... pero en ella ya no había esperanzas de nada. Sentía lo que sienten las personas en tiempos de guerra: sentía que ya no volvería a reír nunca más.
"Y vivir para vivir, vivir para no estar viva, vivir para no morir."
Morir junto a él hubiera sido mejor que quedarse así, completamente desamparada, sin nada excepto dolor, excepto algunas lágrimas, excepto la asquerosa idea de que se había acabado todo. Pero no era esta la forma en que ella quería morir, y así estaba muriendo: de dolor. La única forma digna de morir, para ella, habría sido junto a él.
Al despedirlo, había despedido su risa, su sonrisa, los hijos que planeaban tener, había dejado su fe enterrada junto a él. Y aunque en estos últimos días de dolor sin fronteras no creía en Dios, ni en dioses, ni en ninguna fuerza sobrenatural (excepto en la fuerza del dolor y la tristeza, primitivos dioses que se regodean en la miseria humana), mientras lloraba en silencio acurrucada en la almohada, soportando cada segundo de vida "no-vida", una voz suave y apacible inundó la habitación: las migrañas se atenuaron, la alarma del despertador se silenció y todo derredor pareció iluminarse intensamente, y aunque ella tenía la cara apretada contra la almohada, sintió una mano suave y firme que le acariciaba el cabello como sola una persona podía hacerlo. La voz suave susurró lo inescuchable para el oído humano, pero ella se levantó; se sentía flotar. Un saco gris de hombre estaba colgado en el perchero, junto a la puerta de la incandescente habitación. En el bolsillo izquierdo, del lado del corazón, había una nota que decía:
"Te amo desde antes de que el mundo existiera, desde que éramos dos trozos de arcilla bajo los pies del Hacedor. Amor mío, amor eterno, te esperaré más que una vida."
Ella supo que sus ojos estaban brillando otra vez, tocó su vientre con dulzura y entonces lo supo. Y antes de que pudiera darse cuenta, estaba sonriendo otra vez.
Luna Seta
Ni la música le habría calmado el dolor. Cada segundo en esa habitación la hacía sentirse sola en un desierto de lágrimas de sal; si al menos existiera la esperanza de volverlo a ver... pero en ella ya no había esperanzas de nada. Sentía lo que sienten las personas en tiempos de guerra: sentía que ya no volvería a reír nunca más.
"Y vivir para vivir, vivir para no estar viva, vivir para no morir."
Morir junto a él hubiera sido mejor que quedarse así, completamente desamparada, sin nada excepto dolor, excepto algunas lágrimas, excepto la asquerosa idea de que se había acabado todo. Pero no era esta la forma en que ella quería morir, y así estaba muriendo: de dolor. La única forma digna de morir, para ella, habría sido junto a él.
Al despedirlo, había despedido su risa, su sonrisa, los hijos que planeaban tener, había dejado su fe enterrada junto a él. Y aunque en estos últimos días de dolor sin fronteras no creía en Dios, ni en dioses, ni en ninguna fuerza sobrenatural (excepto en la fuerza del dolor y la tristeza, primitivos dioses que se regodean en la miseria humana), mientras lloraba en silencio acurrucada en la almohada, soportando cada segundo de vida "no-vida", una voz suave y apacible inundó la habitación: las migrañas se atenuaron, la alarma del despertador se silenció y todo derredor pareció iluminarse intensamente, y aunque ella tenía la cara apretada contra la almohada, sintió una mano suave y firme que le acariciaba el cabello como sola una persona podía hacerlo. La voz suave susurró lo inescuchable para el oído humano, pero ella se levantó; se sentía flotar. Un saco gris de hombre estaba colgado en el perchero, junto a la puerta de la incandescente habitación. En el bolsillo izquierdo, del lado del corazón, había una nota que decía:
"Te amo desde antes de que el mundo existiera, desde que éramos dos trozos de arcilla bajo los pies del Hacedor. Amor mío, amor eterno, te esperaré más que una vida."
Ella supo que sus ojos estaban brillando otra vez, tocó su vientre con dulzura y entonces lo supo. Y antes de que pudiera darse cuenta, estaba sonriendo otra vez.
Luna Seta
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