martes, 15 de noviembre de 2011

El viaje

Martín tiene 80 años y vive alejado de la civilización, al final del mundo, en un lugar que ningún otro hombre conoció todavía.
Se fue un día cuando no dio más; cuando en el conglomerado de una ciudad modernizada, automatizada y "que nunca quiere llegar tarde", un auto embistió a la mujer que amaba, quitándole la vida. Entonces Martín, destrozado de dolor, fue a su casa y metió en su mochila todo lo que se quería llevar. No fue fácil meter en esa mochila las risas, el nombre del niño que hubieran querido tener, los besos encendidos de una boca que ahora reposaba fría, la tarde en que logró alcanzarla en la calle para declararle su amor, la primera vez que ella le sonrió, las noches de frío en las que unas manos tibias alcanzaban para que los corazones no dejaran de arder. Esas son las cosas que quería meter, además de algunas cosas para su subsistencia física. Se fue sin mirar para atrás y juró no volver. Viajó durante años; nadie sabe cuántos, él tampoco; hasta que, cuando ya había perdido la esperanza de encontrar un lugar en el mundo que pudiera ser para él, cuando lo único que quería era una pastilla de cianuro que lo ayude a dejar de existir, cuando creyó morir de tristeza algunas noches frías que pasó en la calle, comiendo lo que mendigaba, un buen hombre se ofreció para llevarlo en su camión a algún lugar. El hombre hablaba un idioma desconocido, y Martín todavía cree que no era humano. Lo llevó a un lugar donde pudo bañarse, cambiarse, comer todo lo que quiso, y después lo llevó por unas rutas largas, hasta que se terminó el espectro de vida que contamina todos los caminos, y ahí lo dejó, lejos de los hombres, rodeado de árboles, pájaros, olor a flores...
Martín se sentía como Adán en el jardín de Edén. Pronto supo lo que tenía que hacer para poder vivir allí. Fue como dejar a un niño en un lugar donde sólo está él. Todo lo sorprendía, todo le daba ideas, y de a poco se empezó a sentir vivo otra vez. Y sin darse cuenta, volvió a sonreír; tal vez se olvidó de hablar, pero en ese lugar, estando solo, por primera vez en su vida supo hacer las cosas sin depender de nadie más. Sus manos, sus pies, sus ojos, cada parte de su ser lo llevaba a descubrir cosas nuevas. Construyó una casita entre un sauce y un abedul. Una casita de cipreces, quebrachos, adobe. Descubrió que si raspaba dos piedras entre sí podía encender fuego, que dos palos cruzados frente al viento transforman el aire en energía, que bajo la tierra hay agua, que de la tierra brotan cosas que se pueden comer, y que un pedazo de madera puede transformarse en un mueble, o en una pipa. Que algunas cosas, funcionan y reaccionan expuestas a la energía del sol, que el ruido y el movimiento dependen de él.
Supo también que podía hablar en secreto hacia algo en lo que había dejado de creer; lo hizo bajo un atardecer naranja, bajo un árbol que en primavera dá flores naranjas, y su voz, al orar, sonó como de naranja. Y por primera vez en su vida sintió que algo invisible lo abrazaba abrasándolo; sólo estaba el allí, pero ese abrazo de voces secretas y claras le contó cosas que hacía mucho había querido saber.. Lo supo a los 79 años. Hoy tiene 80 y no volvió, pero sabe, así como sabe que el sol sale a la mañana, que la va a volver a ver. Y piensa en ella mientras escribe con los pies (porque las manos se cansan más rápido) en una máquina de escribir que él mismo construyó, una historia de amor.

Luna Seta

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