La música entregaba sus acordes dulces; dulce como la mermelada de los panes que nadie comió esa mañana. La casa parecía vacía, porque toda la emoción de lo que vendría ya estaba lejos de ahí. Ella llenaba sus valijas al ritmo de la música, y sus pies también bailaban inevitablemente al compás. Y en sus ojos, estaba el brillo enaltecido de la inocencia con que se mira al futuro, esperándolo todo.
Siempre, desde chiquita, desde sus primeros recuerdos, había creído que los panaderos y las pestañas iban a concederle deseos; porque volaban, volaban lejos, y un día le iban a traer lo que imaginaba, soñaba, anhelaba, pedía en secreto.
Todo, todo lo que había logrado amar, ahora se sintetizaba en este momento; toda su vida estaba puesta en esto: lo que siempre había soñado, y aún por miedo, ni siquiera había llegado a pedir, o soñar.
Guardaba todo, todo. Se quería llevar todo. Tantas cosas.
Descolgó un cuadro y sonrió al ver las frases de dolor adolescente escritas con birome en la pared. Todo ese dolor prematuro se había ido para siempre; se sentía tan segura, tan plena, que no creía posible que su corazón pudiera ser roto una vez más. Nunca.
Abrió todas las ventanas y el aire de los últimos días de una primavera que se va, le trajo el olor de las rosas. Sí, ese año había rosas en el jardín de su casa. En veinte años, era el primero que ella recordaba que no se las comían las hormigas. Saltó de felicidad una vez más. Reía estridentemente. Casi enloquecía de felicidad.
Abrió la puerta de su casa, esa casa que dejaba, que pronto quedaría atrás, y se asomó al sol. Miró fijo hacia el horizonte y vio pasar el tren. De repente, como se pasa un tren, sintió su vida pasar; todo lo que había pasado hasta ahora: todos sus miedos, sus inseguridades, sus sueños, sus heridas, sus torpezas, y todos sus logros, todo lo que había alcanzado. Siempre había necesitado tiempo, las cosas nunca le habían salido desde el primer intento; pero cuando lograba lo que venía buscando, daba saltos inesperados, era capaz de hacer cualquier cosa, y sorprendía a todos.
Se apoyó contra el marco de la puerta y lloró.
Justo en ese momento sintió algo volar difuminado por el sol: era un panadero, y una pestaña se desprendió de sus ojos húmedos. Ella rió, y supo que estaba lista.
Tomó su valija, apagó las luces, y se fue. Yo creo que se fue volando.
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