domingo, 31 de octubre de 2010

Migraña

Hacía una hora que la alarma del despertador estaba sonando. Eso acentuaba las jaquecas, y bajo las frasadas, siempre acurrucada del lado izquierdo de la cama, ella esperaba que la pesadilla se acabe. Había pasado toda la madrugada intentando dormir, tal vez haya logrado dormir algo, tal vez no... ya no importaba. Era la primer noche que le tocaba dormir sola en esa cama, y aunque deseaba con todo su ser que esto fuera una maldita pesadilla provocada por los fuertes dolores de cabeza, sabía que él ya no estaba del lado derecho de la cama; intentaba acurrucarse contra su lado y tal vez lograr sentir su olor, su respiración, los fuertes latidos de su corazón, sus manos firmes; nada de eso estaba ahí para sostenerla a la vida. Y en la oscuridad de la habitación centelleaba la alianza en su mano izquierda... y en su cabeza adolorida retumbaban como fuertes golpes punzantes las heridas del amor.
Ni la música le habría calmado el dolor. Cada segundo en esa habitación la hacía sentirse sola en un desierto de lágrimas de sal; si al menos existiera la esperanza de volverlo a ver... pero en ella ya no había esperanzas de nada. Sentía lo que sienten las personas en tiempos de guerra: sentía que ya no volvería a reír nunca más.

"Y vivir para vivir, vivir para no estar viva, vivir para no morir."

Morir junto a él hubiera sido mejor que quedarse así, completamente desamparada, sin nada excepto dolor, excepto algunas lágrimas, excepto la asquerosa idea de que se había acabado todo. Pero no era esta la forma en que ella quería morir, y así estaba muriendo: de dolor. La única forma digna de morir, para ella, habría sido junto a él.
Al despedirlo, había despedido su risa, su sonrisa, los hijos que planeaban tener, había dejado su fe enterrada junto a él. Y aunque en estos últimos días de dolor sin fronteras no creía en Dios, ni en dioses, ni en ninguna fuerza sobrenatural (excepto en la fuerza del dolor y la tristeza, primitivos dioses que se regodean en la miseria humana), mientras lloraba en silencio acurrucada en la almohada, soportando cada segundo de vida "no-vida", una voz suave y apacible inundó la habitación: las migrañas se atenuaron, la alarma del despertador se silenció y todo derredor pareció iluminarse intensamente, y aunque ella tenía la cara apretada contra la almohada, sintió una mano suave y firme que le acariciaba el cabello como sola una persona podía hacerlo. La voz suave susurró lo inescuchable para el oído humano, pero ella se levantó; se sentía flotar. Un saco gris de hombre estaba colgado en el perchero, junto a la puerta de la incandescente habitación. En el bolsillo izquierdo, del lado del corazón, había una nota que decía:

"Te amo desde antes de que el mundo existiera, desde que éramos dos trozos de arcilla bajo los pies del Hacedor. Amor mío, amor eterno, te esperaré más que una vida."

Ella supo que sus ojos estaban brillando otra vez, tocó su vientre con dulzura y entonces lo supo. Y antes de que pudiera darse cuenta, estaba sonriendo otra vez.

Luna Seta

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